Chaco

 

We left in January for a scalded desert
of quebrachos and dry earth,
cracked by the heat:
we took rosaries, shoes, school supplies,
we were five men, one a priest, three women,
we slept beside a rural school
on a truck’s improbable flatbed,
beneath a sky shattered with stars;
to the east, far off, were clouds with lightning every night,
but not a single drop fell in three weeks. And when the still
air opened at first light, before the sun,
we’d rise, have bread with tea or coffee,
we’d talk and tease,
we’d pray. Afterwards
we’d go in pairs to visit people in
their houses made of earth, among their dogs
and ragged hens, their houses without glass;
they were taciturn, poor, shredded by so much desert,
a low light trembling deep within their eyes:
Adelaida, Don Flores, Cesárea and Antonino, Nery…
We’d go back after midday
and later on the kids would come, a group of more than thirty,
the boys and men playing soccer in the dust
while one would imitate the play-by-play announcer
on the radio: “Martin’s got the ball,
he shoots…he misses!…it’s out of sight…
the big match is still tied two-two, ladies and gentlemen.” They laughed.
Then there was mass, then night.

Once, at noon, Verónica and I were the first to return.
I went out back in search of tuna, rice. And then I heard
and saw, beneath the eaves, beside the well, the green washbowl:
someone had left a little water in it, and it was full
of bees, three centimeters of drowned bees,
the first submerged, then more on top of them
until they met the air where others circled, buzzing,
hundreds, frenetic, furious, pausing
from time to time upon the bodies of the dead
to have a little of that water.

 

 

Chaco

A un desierto quemado de quebrachos
y de tierra reseca, toda rota
por el calor, nos fuimos un enero:
llevábamos rosarios, zapatillas, útiles,
éramos cinco hombres, uno cura, tres mujeres,
dormíamos al lado de una escuela rural
sobre el inverosímil acoplado de un camión,
abandonado bajo el cielo astillado de estrellas;
todas las noches lejos al oeste había nubes con relámpagos,
pero en las tres semanas no cayó una gota. Cuando el aire
quieto se abría en la primera luz, un rato antes que el sol,
nos levantábamos, tomábamos
charlando, haciendo siempre chistes, té,
café con pan, rezábamos. Después salíamos
de dos en dos a visitar la gente
a sus casas de tierra entre gallinas
desmechadas y perros, a sus casas sin vidrio; a visitar
la gente ensimismada, pobre, rajada por lo seco,
su opaca luz temblando honda en el ojo:
Adelaida, don Flores, Cesárea y Antonino, Nery…
Volvíamos pasado el mediodía
y a la tarde llegaban los chicos, más de treinta,
los varones jugábamos al fútbol entre el polvo
mientras alguno relataba las jugadas
imitando la radio: «ahí la lleva Martín,
patea al arco… ¡fuera!… se pierde alto el esférico,
sigue igualado en dos el clásico, señores». Se reían.
Después había misa; después noche.

Un mediodía con Verónica volvimos los primeros.
Fui hasta el fondo a buscar atún, arroz. Y oí
y vi bajo el alero junto al pozo la palangana verde:
alguien la había dejado con un poco de agua, y estaba toda llena
de abejas, tres centímetros de abejas ahogadas,
las primeras hundidas y luego encima más
hasta llegar al aire en que zumbaban dando círculos
cientos frenéticas, furiosas,
parándose de a ratos en los cuerpos de las muertas
para tener un poco de esa agua.

 

By Alejandro Crotto
Translation By Robin Myers

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